La distopía de Chambers

Robert W. Chambers fue un autor que en sus relatos estructuró atmósferas extrañas, opresivas y oscuras que evocaban un terror incognoscible, ese que buscaba leer y cultivar Lovecraft en la literatura norteamericana. A pesar de la decadencia literaria que el padre del terror cósmico le atribuye a Chambers, considerándolo un titán caído, no negó lo increíble de su obra más elogiada; El Rey de Amarillo, publicado en 1895 por F. Tennyson Neely y altamente influenciada por Ambrose Bierce.

Esta obra representada en varios relatos inspiró a muchos autores de literatura fantástica norteamericana, incluyendo a Lovecraft, quien posiblemente se vio influenciado en el maligno libro ficticio también llamado El Rey de Amarillo, para crear el terrible y renombrado Necronomicón, y agregó ambos textos a la terrorífica bibliografía fantástica parte de libros que causaban la locura y la muerte.




Pero el alcance de la imaginación retorcida de Chambers va más allá de lo fantástico, lo histórico y extraño visible en sus diversas obras, este escritor trasladó el miedo apabullante de sus historias a la frontera de la ficción especulativa, así sucede en el relato El Reparador de Reputaciones, donde advierte una posible sociedad norteamericana que prosperaba en los años veinte, después de una guerra con Alemania, y adoptaba medidas para preservarse, como la exclusión de los judíos, negros y el control de la inmigración.

También la centralización del poder, el mejoramiento infraestructura pública y la inversión a las artes eran las características de la nación estadounidense en la que el fanatismo religioso se había terminado y la felicidad parecía alcanzable, excepto para el resto del mundo que se caía en pedazos por el caos y los conflictos. Como podemos leer en El Reparador de Reputaciones:


(...) Muchos creyeron que había llegado el milenio de felicidad y abundancia, cuando menos en un nuevo mundo, que después de todo es un mundo de por sí.


Este sueño americano se va ennegreciendo más cuando se relata la aceptación del suicidio por parte del gobierno y la creación de cámaras especializadas para permitirle terminar con la existencia a quienes así lo deseen. Una medida aparentemente solidaria, se pensará, pero persigue el oscuro objetivo de deshacerse de aquellos débiles auto-destructivos, como lo declara un político al inaugurar estas cámaras de muerte. Mientras se narra tal prosperidad de tintes macabros, los delirios monárquicos del narrador, quien parece inestable mentalmente, muestran su relación y conocimiento del temible texto El Rey de Amarillo, ya censurado en varios continentes, según advierten, y también deja entrever sus saberes sobre el signo amarillo. Conocimiento que comparte con un anormal reparador de reputaciones, el cual lidera, mediante chantajes a personajes desesperados, la búsqueda del control de la nación, estableciendo una dinastía conectada con el mismísimo Rey de amarillo, y al servicio de este, planes que no pudieron cumplirse.

A pesar de esto, la sociedad que alcanzó la prosperidad mediante prácticas viles, exhibe, ya entrando a la realidad histórica, ciertos ideales presentes en la época en la que vivió Chambers; la eugenesia, el antisemitismo, el racismo y un exacerbado nacionalismo, además la militarización y centralización del poder, eran ideas latentes a finales del siglo XIX. Tales ideales fueron plasmados por el autor a modo política pública parte de un fortalecido estado militarista y excluyente, el cual era anhelo de una delirante dinastía venida desde Carcosa y entraba en los años veinte con rasgos de una infame distopía. Una anticipación que no estuvo muy lejos de la realidad.

Esta breve obra es un admirable ejercicio especulativo de creación de una indeseable sociedad por parte Chambers, siendo una muestra de increíble imaginación al transportar el extraño y macabro horror, característico del autor, a través de los siglos, aportando a las infinitas sociedades distópicas hechas posibles en el género especulativo.

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